CICLOSINEDRO.
Nada de otros.
Ya el destino ha ocupado los
últimos lugares y un fermento cálido se expande en mi noche.
Tu boca prorrumpe: “¡¡Horizontes!!”.
Abrevo en el eclipse de mis dos polos.
Doy al ala el aire y al sueño la sien.
Hago de la semilla un universo.
Enciendo en el Antro la última
luz
Hombres sin alma buscan más allá de sus ojos y tiritan tristezas
al no encontrar.
Otros zambullen su infinito en una sopa metálica y evaporan con rabia
su presente.
Vierten su noche en una nueva noche,
y no descansan. No hay espejo donde verse mortal.
Créeme que estuve enamorado.
Hincado. Ajeno a la cordura. En una calle siempre igual.
En destierro por tercas intenciones. En un barco
en el círculo polar. Hice de mis aberraciones, puentes;
de mis rapsodias, lamentos; del hueco de mis ojos, cálices
para el maná
del cielo.
Mil veces antes intenté el comienzo.
Quise violar al imponente Tiempo.
Quise sin causas percutir efectos.
Pero cuando el Perro pronuncia el deseo, incendiando su hocico de
sedas manchadas,
todos los planetas abandonan sus órbitas.
El Hombre conoce su sombra.
Esas veces, el marfil de la Historia, el tesoro extraído de la muerte.
Esas veces, el llanto.
El porvenir trágico de los niños, un prístino sabor a pasado;
Y el Perro vuelve a hociquear la verdad,
pero ya no sabe nombrarla,
tan solo ensamblar imágenes,
dolorosas o no
pero seductoras;
y ya nadie queda en su vida, solo una tenue llama verde
extinguiéndose, amenazando
con dejarlo a solas en la
noche, rindiendo cuentas,
cara a cara, con aquel hombre
que huele siempre a cigarrillos, a estrellas usadas, a desprecio.
Ese que entre coronas exóticas se vuelve
una y otra vez un desconocido.
A quien un par de promesas, arrojadas al azar y que aún conllevan
arrepentimiento, retienen en un círculo suave, siempre in crescendo.
En esa máscara ordinaria, gris y plena de rutinas.
Ese reloj colgando de su sien izquierda.
Si algún placer aguza su presente el se vuelve niño y se echa a rodar
sobre la hierba húmeda de otoños
donde hojas muertas se
descomponen al Sol.
En el centro de una plaza infecta de espectros, una fuente vacía
sirve a los lagartos blancos para llamar la atención de sus hembras
entre indescriptibles cabriolas, contorneos libidinosos y silbos.
El los observa. Descorazonado, esperando esas luces donde toda
crueldad se apacigüe, donde todo vuelva a ser
río de aroma delicioso.
El regreso de los navegantes a las costas de una isla donde olvidaron reinas.
Aquel lugar donde la pared del cielo habla con colores de intensas
notas.
Deberías verlo queriendo nadar en su sonrisa, embelesarse en alguno de
sus ojos, ahogarse en un barril de miel mientras gira el reloj de arena
y suelta el cubo en el brocal del pozo intentando pescar la luna
nueva.
Pero solo es ese viejo que duerme en el sofá,
dentro del estrecho corredor,
con su búsqueda sencilla:
Manipular sueños al amanecer para traerlos
a
la vida.
Y luego la expansión, los ilusionadores volviendo a sus lugares, a sus
juegos,
generales del ejército perceptor;
y todo trampa, todo ruinas en la cárcel de las apariencias.
-No parpadees, no dejes entrar a los asesinos del Ser.
Infructuosamente busqué una vez más algo que superara el Sentido, una
mano dulce que hiciese girar
ciento ochenta grados la rueda. Un porqué superior.
Abrí heridas cicatrizadas o en apariencia, me volví fantasma entre mis
fantasmas, escarbé podredumbres en mis sepulcros, entre todo aquello que olía
mal.
Vi mis muertos al Sol, riendo, cantando, blasfemando con toda su alma.
No tuve fuego
para ofrecerles.
Pesadamente, por corredores, entre anaqueles llenos de cabezas
parlantes, voy con un ojo quebrado entre mis cejas.
Un algo criminal me espía desde una ventana en el techo.
Eso ha estado allí desde mi niñez.
Vuelvo a ser nada frente al amor.
A querer ser olvidado entre madréporas, entre cadáveres anónimos.
Letras muertas son mi único tesoro.
Se agita en mi cárcel el Sol, quiere llevarse a sus testigos, dejar este
traje colgando
en algún árbol perdido.
Pero yo suplico que no.
Necesito perder hasta el final, perderlo todo
antes de entrar en su reino.
Me observo en ese jardín, huyendo detrás de los ojos, ensimismándome
en la contemplación de raíces que afloran entre piedras negras.
Me observo frente a la luz que se desliza entre las almas vivas que
flotan en el espacio sin volumen.
Almas que traspasan la mía.
Me observo en el declinar de todo mi Yo, en la consumación del Ser.
Me observo participante de imágenes absurdas que se entrelazan
en el infinito. En una marea de
cristales.
Alguien ha venido a buscarme. De rostro sonriente pronuncia un nombre
que no conozco pero me pertenece.
Sus palabras son como gotas frágiles que caen y se evaporan.
Mi cuerpo busca en una fuente seca su reflejo.
El fondo gris donde los lagartos blancos se muerden unos a otros en
una desesperación apocalíptica.
Tiendo mis brazos el inefable.
-Tengo sed- le digo.
-Todo está consumado- responde.
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