UN ANGEL PARA TU SOLEDAD.
Centellean
los coches en la avenida principal. Todo se inquieta con las últimas luces del
día. El frenesí ciudadano, la ebullición rutinaria de las 19:30, la marea de pasos afiebrados.
En el centro de un corro formado por
cautivados hombres de pie, una mesa, un tablero de ajedrez, y en una de las
sillas, la que mira a la calle, Arévalo.
Intento recrear ese momento, que fue de un hombre que
no he vuelto a ver. Un tal Arévalo que conocí en la pensión de Uruguay al 1300.
Fuimos vecinos de puerta durante un mes o dos. El era nuevo en la ciudad, había
venido del otro lado del río, de otro puerto. Contaba siempre sobre viajes,
Europa, las Américas, África incluso. Había recorrido tierras. Un
auto-exiliado, un nómade. Por momentos era triste. Alguna vez había sido joven
y cuando lo conocí, seguía siendo atrevido.
En aquella
pensión conocí también a Leandro, un cuarentón descarriado, solitario e
intelectual, y fue él quien me contó este trozo de la Historia cuando nos
volvimos a encontrar meses después de que yo abandonase la pensión. Mientras
conversábamos, siguiendo las asociaciones del momento, Arévalo entró en nuestra
charla. Leandro rió.
Yo recordaba
sus partidas de ajedrez hasta la madrugada en la pieza de Arévalo. Reconocía el
comienzo del juego porque las voces se adentraban en un misterioso silencio.
Solían dejar la radio encendida mientras pensaban y movían piezas y el final
llegaba cuando las risas explotaban en la habitación. Algunos comentarios sobre
lo que fue, lo que no fue y lo que pudo haber sido. Yo sonreía entredormido al
escucharlos.
Arévalo, en
sus infinitos vagabundeos, no había podido aprender el arte del ajedrez, y en
Leandro había encontrado un buen maestro y, con los días, un amigo con quien
paliar soledades.
Leandro me
contó que de un día para otro Arévalo había desaparecido, sin avisar y sin
dejar siquiera una nota.
-Te acordás
que habíamos hecho amistad- decía Leandro-, pero las cosas pasan de lo más
raro. Mirá vos. Te acordás que nos gustaba el ajedrez. Yo le había estado
enseñando y Miguel estaba jugando bien. Hasta me ganaba, a veces. Yo bromeaba y
le decía que estaba para ganarle a Demetrio.
-¿Y quién es
Demetrio?- pregunté imaginando una barba y unos lentes redondos.
- Demetrio
juega en la calle, en la mesa que está al lado del quiosco, el tipo se sienta y
no lo mueve nadie, es una máquina. Yo y Miguel, a veces nos quedábamos a mirar,
pero jugar nunca. Conocíamos a algunos de los muchachos de ahí pero jamás
dijimos que jugábamos. No era nuestro nivel, por así decirlo. Bueno…Miguel
había andado un poco melancólico esos días, medio mal en los negocios y, yo
creo, aunque no dijese nada, que extrañando, no sé bien que.
Pero fijate
vos como son las cosas- seguía Leandro un poco risueño- unas semanas después
que desapareció Miguel yo me aparezco por la mesa de la calle, ahí en el
quiosco. Medio de rebote, medio aburrido tal vez, o quizá extrañando un poco también.
Y ahí me encuentro con Ulises que era el único que miraba la partida que
Demetrio jugaba con un jovencito de campera blanca que yo no conocía.
Después de
saludarme Ulises me preguntó por Arévalo, por Miguel.
-Se fue- le
dije- hace unas semanas que no lo veo.
- Te
enteraste que le gano a Demetrio- me comentó cómplice, por lo bajo, Ulises el
quiosquero flaco dueño de la mesa.
Demetrio
estaba con los ojos fijos en el tablero mientras los ómnibus resoplaban a su
espalda.
-Sí, le
ganó- decía Ulises-, un domingo, quedamos de boca abierta, porque el tipo no se
había sentado nunca y esa tarde Demetrio abandonó con él.
Yo le dije
que a mí, Miguel, nunca me había contado nada.
Me dijo que
esa tarde Miguel había aparecido con una mujer y ella pregunto si se podía
jugar y él le había dicho que claro, que sí. Cuando Demetrio ganó nuevamente
Ulises invitó a la dama a sentarse pero ella respondió que era Arévalo quien se
sentaría.
Demetrio
sonrió y armó sus piezas.
Dijo Ulises
que jugaron rápido y en nueve movimientos, nadie sabe cómo, Demetrio regaló la
Reina y Arévalo aprovechó. Demetrio se nubló, enojado, tiró el Rey y se
levantó.
-Quedamos de
boca abierta- por lo bajo me decía Ulises- y cuando quisimos ver Arévalo había
desaparecido, no estaba, se fue sin revancha y la mujer tampoco estaba y nunca
más los vi por acá.
-Si será
raro todo- decía Ulises.
-Y uno no
sabe bien porqué pasan las cosas- siguió Leandro- pero de sorpresa le cae la
ficha. Hace un par de semanas me llegó una carta de Miguel. Dentro del sobre
venia escrita, en código de letras y números, una partida de ajedrez. Nueve
movimientos y abajo decía: “Estoy en Casa. La suerte de principiante no puede
fallar. Gracias. Gran abrazo, Miguel.”
-Eso nomás
decía la carta, y fijate que uno- con ojos grandes hablaba Leandro- uno a la
larga entiende, se da cuenta de las cosas.
-Y vos
¿seguís jugando?- pregunté para seguir con la charla.
-No, hace
rato que no juego, no tengo tablero...
...ni tengo con quien.
VOS,
CONMIGO.
Ahora sus ojos se estremecen frente al
crepitar del fuego. Con el vaso en la mano, sentado solo, en el salón vacío.
Mira para adentro, se recuerda y se sueña, mientras los cilindros del naranjo
chillan al consumirse dejando escapar
una espuma
blanca porque aún están verdes.
El fue bueno; como yo en algún tiempo,
antes de tener que pasarme a este lado del mostrador, a limpiar vasos y servir
bebidas, a barrer el salón y ordenar las mesas, a limpiar los vestuarios los
días de partido, a ser cantinero y no ya parte del plantel. Porque me fui
poniendo viejo y las piernas no me daban y tuve hijos y hubo que trabajar más,
porque el tiempo se me pasó y no había nada que hacer y uno se va acomodando
como puede, tratando de asirse a los recuerdos, a lo querido, uno va tratando
de no desaparecer del todo.
Y cuando el
semillero germinó y el plantel estuvo invadido de pibes con hambre de cancha,
de domingo, de camiseta transpirada, el técnico de entonces me pidió que diera
un paso al costado, que quedara en el banco, como ayudante al principio, pero
después también él paso y llegó otro técnico con su hombre de confianza al
costado y yo tuve que rezagarme a la cantina, a mantener en orden el club, a
sacar polvo a los pocos trofeos y a los cuadros que cuelgan de las paredes que
a veces se inundan de humedad y hay que darles una mano de cal.
A todo eso
uno se va acomodando, como a un ciclo. Nada es abrupto, si uno quiere lo
comprende.
Pero lo de él fue diferente. Hernia de
disco, y eso deja fuera a cualquiera, al más impetuoso, al más decidido. Al más
joven.
El fue mi recambio. Yo lo conocía de
gurí, del barrio y nunca fue buena gente, si se me permite decirlo sin odios ni
rencores. Tenía hambre, ganas, era habilidoso y fuerte. Anduvo bien tres
campeonatos seguidos, sin logros para el club pero el tipo se lució. Hacia
goles, trancaba, festejaba con estilo bailando en el banderín para la hinchada.
Sus quince minutos comenzaban.
Le llegó una
oferta de un cuadro de primera e incluso alguna promesa de ir a probarse a la
capital. Pidió pase; acá lo trancaron un poco porque lo necesitaban, pero como
también necesitaban plata sacaron unos pesos y unas pelotas por él. En primera
ese año anduvo bien. Arrancó de suplente pero al tiempito ya estaba entre los
once y cobrando por partido. Algún dirigente de aquel club, tipo empresario, le
dio laburo en su distribuidora de golosinas y le facilitaba los horarios para
las prácticas.
El guacho
tenía dieciocho años y estaba feliz. Se casó ese año y fue campeón con el
cuadro aquel. Pero la gloria es como la borrachera para los corazones débiles.
A veces venía a visitarnos. Se bajaba
de un auto nuevo de algún compañero de cuadro o de algún hincha de esos a los
que les gusta hacerse cómplice de los jugadores. Yo ya era cantinero por ese
entonces. Venían, una barrita de fascinados bien vestidos y perfumados y
pasaban horas jugando al pool, bebiendo cervezas o tragos cortos,
fanfarroneando en su indiscutible gloria juvenil. Después se iban a bailes
donde ser futbolistas los hacía resaltar, a boliches donde concurrían las
minitas a las que les gusta ir a la cancha a fantasear con las piernas de los
gladiadores.
El tipo
andaba gastando la noche mientras su linda esposa lo esperaba en casa. Recuerdo
una de esas, un recuerdo fresco, de hace cinco años, una semana después de que
su cuadro campeonó. El guacho llegó chispeado, con dos compañeros de equipo.
Siguieron bebiendo y jugando al pool. Ases impertinentes, bólidos
impenetrables, jugadores profesionales. Se acercó a la barra y me pidió una
cerveza. Con los ojos brillantes, sin ninguna nostalgia ni aplomo, con la cara
imberbe y el mechón lacio cayendo en su frente rubí. Aquel muchacho, el mismo
hombre que está hoy sentado frente al fuego que yo encendí, se detuvo en el
mostrador, con el taco en la mano, como una lanza, era un guerrero que acababa
de matar al dragón. Desde los labios limpios y rojos que guardaban una
dentadura blanca, perfecta, dejó escapar sin compasión ni amor su pregunta irónica,
lujuriosa: “¿Y vos Daniel… no saliste nunca del club, verdad? que aguante, que
amor a la camiseta, naciste y vas a morir en el barrio. ¡Eso es lealtad…!
bueno… que vamos a hacer, unos pierden, otros ganan. No todos tienen la misma
suerte. ¿Qué tomás? te invito un vasito de vino”.
El joven
habló de más aquella vez, quizá fuese el ímpetu que no podía dominar, el
frenesí de estar tocando el cielo, el ansia multiforme de querer resaltar el
lodazal de la mísera existencia.
Vaya a saber
que lo hizo decir aquello.
Semanas después lo ascendieron en la
empresa y se mudó de casa de sus padres con su linda esposa. Un apartamento a
estrenar, en un barrio nuevo.
Mientras
subían la heladera al segundo piso ¡¡plaff!! el tipo se jodió la columna. Y
ahí, sin más, hernia de disco que lo sacó de las canchas. Ya lleva tres
operaciones, incluso estuvo enyesado un par de veces; de cualquier manera está
mejorando. Pero la carrera se le truncó. Ni llamadas de la capital, ni domingos
contra la raya. Al menos le quedó el trabajo. Hoy es gerente de la empresa de
caramelos y su barriga denota un buen pasar. Sigue con su bella esposa de la
que los muchachos hablan cuando el no está, cuando no viene a los asados a reír
y jugar a las cartas por dinero, a pasar las horas hablando de recuerdos y de
futbol extranjero. Quizá este año, dice, pueda empezar a moverse en los
veteranos.
Pero a veces, como hoy, llega y no hay
nadie. El club está en silencio. El mira como distraído las fotografías de las
paredes y luego se sienta frente al fuego. Nadie llega por horas y eso no le
preocupa. Su mirada se pierde entre las llamas. Se olvida de mi, ni siquiera
mira por la ventana. Me pide un vaso de vino y yo le sirvo de la damajuana
misma, en un vaso que limpio con el mismo trapo grasiento que usé para secar
las mesas.
LA BARANDA.
La mano de
Gustavo se estrecho fuerte y callosa.
-¿El lunes a
las once?
- El lunes a
las once- asintió repitiendo Ignacio con una sonrisa profunda, apagada; con un
lento brillo de agua
en los ojos.
Los últimos
rayos de Sol se dejaban arrastrar por la brisa aquel día de otoño. La gente se
apuraba.
Ignacio caminó unos pasos en la
vereda y volvió al taller. Había olvidado el celular sobre la mesa de trabajo.
-Los contactos- sonrió Gustavo.
-Los contactos, si- contestó él-
nos vemos, saludos.
Caminó hasta el quiosco. Compró
tres cigarrillos sueltos con las monedas que habían quedado quebradas de la
paga de ese viernes, y allí nomás esperó el ómnibus de la línea verde fumando
distraído.
Las personas corrían con bolsas
en las manos o con las manos en los bolsillos o con otras manos en las manos.
Los cascos de los caballos flacos de los cartoneros flacos golpeaban para
perderse en el bullicio.
La ciudad entraba en su fin de
semana.
Vio el 526 cuando se detenía
frente a él.
Trepó los cuatro escalones y
pagó. Al recibir el vuelto una moneda de a peso cayó y rodó a los pies de la
pasajera del primer asiento. Una joven de ropas oscuras y tez rosada, con una boina
calada negra de la que escapaban unos rulos castaños. Le sonrió. El dejó la
moneda y, casi por inercia, se encaminó hacia el fondo tras la indicación de
“un paso al fondo que hay lugar”.
Viajó colgado del pasamanos frío,
amontonado allá en el fondo, mirando los cristales rayados y sucios, no el
mundo más allá de ellos, que se esfuminaba veloz para ya no volver.
Mecánicamente supo cuando
bajarse. Pulsó el botón naranja para indicar la parada. La puerta se abrió y
antes de bajar echó una mirada al asiento allá adelante, pero la muchacha no
estaba.
Ya en la vereda encendió el
segundo cigarrillo para caminar las cuatro cuadras que lo llevarían a su casa.
Durante el día habían podado los
plátanos de la calle, dejando los troncos y ramas vitales, desnudas y blancos.
El cielo estaba ya oscuro.
Llegó un mensaje de Inés
preguntando si se verían a la noche. El no contestó; no tenía saldo.
Abrió el portón de rejas del largo y estrecho
pasillo de baldosas terracota. Caminó hasta el fondo acariciando las ásperas y húmedas
paredes. Su mano derecha dibujó una fría línea recta.
Atravesó el pequeño jardín donde
Doña Lucía había plantado unos pensamientos violetas y amarillos. Empujó la
puerta de chapa a la que nunca ponía llave.
Llegó un mensaje de su madre
preguntando si almorzaría con ella el domingo.
Colgó la mochila y se descalzó
tumbándose en el enorme sillón de un cuerpo.
Comenzó a ser arrastrado por la
somnolencia pero se reincorporó de un salto. Caminó a la cocina para lavar el
plato y la olla con restos de arroz de la noche. Luego subió al entrepiso donde
estaba su cama. Puso música. Una música piadosa, inconclusa, como agua que se
amoldaba a los objetos, los envolvía. Sonata número 13 en Si menor. Sacó la
caja con fotografías que guardaba bajo la cama. Probó el nudo una vez más. El
nudo que un camionero le había enseñado en uno de sus viajes. Ató un extremo de
la soga a la baranda del entrepiso y el otro extremo se deslizó alrededor de su
cuello y de un salto se encontró del otro lado.
LO BIEN PAGADO.
Entreabrió
el ojo derecho y giró sobre sí. La imagen se perdió como un animal pequeño en
un bosque, a la noche, espantada por aquel leve movimiento. Las sábanas,
arrugadas y suaves, tenían la tibieza de Febrero. El sutil perfume del incienso
aún sobrevolaba la habitación. Pero su boca, esa mañana, guardaba una saliva
espesa, amarga, casi metálica, como si toda la noche hubiese estado royendo un
hierro oxidado. De cualquier manera no podía permitirse que esa insignificancia
alterase su estado de ánimo.
Dejó de lado
el gusto y se levantó despacio, con firmeza. Un pie luego el otro. Calzó las
pantuflas y caminó hacia el ventanal. Los pasos sobre la espesa moquette, el
peso de su cuerpo sobre los talones, el cambio en el fluir de la sangre, su
primera aspiración consciente. Ese era el día tan esperado.
Corrió las
cortinas para que la claridad tronara en la habitación, se dejó saludar por la
existencia.
Cerró los
ojos y la imagen de una playa vacía cruzó como un relámpago entre sien y sien.
Una imagen, en blanco y negro, como las fotografías de su niñez. Una impresión
sin origen, llegada y desaparecida quien sabe porque canales, porque nudo
de asociaciones involuntarias.
No conocía
aquella playa así que le restó importancia.
Se encontró
en el tríptico espejo del baño, con sus varios reflejos, sonriendo, mirando a
los ojos al que tenía al frente. La barba apenas crecida dibujaba una sombra en
su rostro, y hoy no podía permitirse eso.
Dejó abierta
la canilla de agua caliente mientras intentaba, lento, borrar los rastros del
descuido. El vapor empañaba el espejo y el frotaba, en círculos, el cristal,
como si de una lámpara mágica se tratase, para volver a obtener su reflejo que
cada vez estaba más acorde a sus deseos.
Ya con el
rostro limpio fue hacia la cocina y puso agua a calentar, mientras hilvanaba,
mentalmente y con cuidado escrupuloso, palabras en su discurso. Las palabras
correctas que debería pronunciar en la reunión. Lo que debería decir para
obtener el resultado deseado. La causa para el efecto.
Cuatro
cucharadas de azúcar y dos de café. Volcó el agua hirviendo sin llenar la taza.
Dio un sorbo y lo dejó a un costado. Todo sería como él lo había planeado. Hoy,
el día de la culminación de su obra, con el innegable sí de la comisión
directiva. Los años de esfuerzo, cientos de reuniones, las horas que había
entregado a la empresa, el arduo trabajo al que se había sometido, la vida que
había sabido sacrificar. Todo aquello florecería hoy. El ápice, la consumación.
Redactó la
carta que entregaría al señor director luego de la reunión. El tiro de gracia con
la fuerza que durante diez años había reunido.
Cerró así:
“inconscientemente me estuve preparando
para este
puesto durante toda mi vida”.
Dio el punto
final y, satisfecho y placido, volvió al café que ya estaba frio por demás.
Hizo una llamada por teléfono.
A las trece
estaría allí.
Mientras
arrojaba el café frío por la palangana de la cocina, mientras el líquido marrón
se perdía bajo la rejilla circular, el gusto amargo del amanecer asaltó su boca
de nuevo. El gusto oxidado, pero está vez asociado al recuerdo del rostro de
Irina en la ventanilla de un coche a punto de partir de un andén. Un coche que
se fue hace más de dos años y aún no ha regresado.